23 abr 2010

"Cuando se decidía a hablar, Rosario era como un gotero. Colocaba en la lengua del sediento las gotas necesarias para hacerle imaginar el chorro entero. Sus palabras tasadas eran una droga deliciosa y adictiva que antojaban de saber más. Lo curioso fue que al comienzo llegué a dudar de que Rosario hablara, incluso en las primeras salidas su saludo se limitó a una sonrisa. Nunca sabíamos si estaba contenta o aburrida, si le había gustado el sitio donde íbamos o si quería comer algo, había que preguntarle todo si se quería saber."

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