25 jun 2010

No se sentía del todo bien. Salió de la ducha y mientras se secaba sin ganas sabía lo que iba a pasar, lo sabía con precisión. Fue como un deja vu. Ya lo había vivido, pero no se sentía del todo seguro de poder afrontarlo una vez más. Pasó media hora de reloj dando vueltas por la casa para evitarla, para no tener que mirarla a los ojos, para no cruzarse con ella y sentirse impuro, expuesto, sucio. Ambos eran totalmente conscientes de lo que sucedía. Eso explica el silencio interrumpido por los ruidos hechos adrede por Marco, quién no podía sentirse más avergonzado de lo que estaba y trataba de actuar relajadamente haciendo ruidos y tarareando canciones que ni él conocía. La situación no podía ser más evidente, pero ninguno se atrevió a hablar.
Cuando logró salir de la casa aceleró el paso y prendió un cigarrillo, pensaba que un simple pucho sin sentido podría calmarle los nervios, solucionarle los problemas o incluso hacerlo invisible. Siempre fue un poco iluso. Quería estallar pero había algo que no se lo permitía. Sentía todo a flor de piel, como si tuviese la piel hiper sensible. En ese momento, en ese instante, en esa situación en la que se veía metido, sabía que cualquier cosa podría dañarlo a un punto al que nunca hubiese imaginado. Nadie notó sus ojos brillosos. Ni el temblor de sus manos. Ni su mirada perdida. Estaba descolocado, perdido, sumergido en un mundo de sensaciones inentendibles.
De pronto escuchó una melodía que le sonaba conocida, una voz tenue y calma. Suave como un pétalo. Liviana como un avión de papel que vuela sin rumbo. Eso lo volvió a la realidad. Fue como una dosis que le ayudó a recuperar la noción de tiempo y espacio.
Sonaba Placebo en su mp3, en su momento más oportuno...

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