26 abr 2009

Sin releer salí de la computadora, pagué y caminé hasta mi casa con la mirada perdida, el corazón latiendo fuerte y la misma angustia en el pecho que sentí allá cuando sabía que habia llegado el momento de irme. Caía la tarde y las calles de Santa Fe regalaban coloridas postales de artesanos, vendedores ambulantes, puestos de comida al paso y gente disfrutando su vida perfecta en las mesitas de los bares que se acomodaban en plena vereda. Me hubiera encantado estar de ánimo para formar parte de esa foto, pero me sentía perdido, descolocado.
De un momento a otro lo había borrado de mis planes, porque al parecer yo nunca estuve en los suyos, y esa idea me golpeaba fuerte, me resultaba muy reciente para digerirla. Divagué durante tres cuadras, angustiado, confundido, odiando y maldiciendolo, sintiéndome traicionado, abandonado. Cuando llegué a mi habitación me tiré a la cama y sentí ganas de llorar, pero pensé en frío y busqué el escape mas rápido, la salida mas fácil..

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