No había señales de amor en el aire. Las calles estaban vacías y tristes. El tiempo pasaba y no tenía contacto humano en lo más mínimo. Se sentía indeseado. Sus manos estaban frías todo el tiempo. Su piel pedía a gritos contacto íntimo con otro cuerpo. Hacía meses y meses que había perdido uno de sus sentidos, y evidentemente era el tacto. Veía escenas de amor en películas, leía capítulos llenos de amor sexo y lujuria, y se preguntaba a sí mismo cuando sería su turno.
LLegó un momento que pensó que había olvidado lo que era tocar un cuerpo tibio, lleno de poros largando dulce miel, rozar labios interconectados con los suyos a un punto extremo donde todo su cuerpo se iba convirtiendo en sexo puro.
Tampoco volvió a saborear lenguas encendidas en llamas, ni a oler el incomparable aroma de amor mezclado con sudor. Quería volver a entreverar sus dedos en pelos salvajes, besar una boca para seguir por la oreja y bajar al cuello. Fumar un pucho al acabar y deliberar temas con una seriedad que no venía al caso y dar besitos en la frente al mismo tiempo.
Pero todo esto parecía habérselo llevado el viento. No reconocía el día exacto donde perdío la capacidad de amar, de encontrarse con otro cuerpo y amarse en una cama, convertirse en uno solo.
Las cosas, los días, la energía estaba cambiando en él. Tal vez no era lo único que iba a cambiar...
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