[<<¿Sabe que usted es culpable de una de las crisis más importantes de mi vida?>>
Preguntó: <<¿Económicas?>> y todavía reía. Contesté: <<No, sentimental>>. Y se puso seria. Continué: <<Mire Avellaneda, es muy posible que lo que le voy a decir le parezca una locura. Si es así, me lo dice nomás. Pero no quiero andar con rodeos: creo que estoy enamorado de usted>>.
Esperé unos instantes. Ni una palabra. Miraba fijamente la cartera. Creo que se ruborizó un poco. No traté de identificar si el rubor era radiante o vergonzoso. Entonces seguí: <<A mi edad y a su edad, lo más lógico hubiera sido que me callase la boca; pero creo que, de todos modos, era un homenaje que le debía. Yo no voy a exigir nada. Si usted, ahora o mañana, o cuando sea, me dice basta, no se habla más del asunto y tan amigos. No tenga miedo por su trabajo en la oficina, por la tranquilidad en su trabajo; sé comportarme, no se preocupe>>.
Otra vez esperé. Estaba allí, indefensa, es decir, defendida por mí contra mi mismo. Cualquier cosa que ella dijera, cualquier actitud que asumiera, iba a significar: "Este es el color de tu futuro"-
Por fin no pude esperar más y dije: <<¿Y?>>. Sonreí un poco forzadamente y agregué, con una voz temblona que estaba desmintiendo el chiste que pretendía ser: <<¿Tiene algo que declarar?>>. Dejó de mirar su cartera. Cuando levantó los ojos, presentí que el momento peor había pasado. <<Ya lo sabía>> dijo.<< Por eso vine a tomar café.>>]
(terminé de leer La Tregua, y confieso que me dieron ganas de enamorarme)
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