21 sept 2010

Me levanté con el resplandor en mi cara y al instante me sentí fresco, lleno de vida. Supe que era un día ideal para caminar y perderme entre las calles de la ciudad (...)
Encontré un lugar que me pareció justo y me senté para admirar esa belleza de lugar que no tenía desperdicio. Escuché una y otra vez el ir y venir de las olas, con todo su caudal, limpiando y llevando al olvido todos esos restos, impurezas y putrefacción que estaban estancados en la orilla.
Mi adorado sol iluminaba la mañana y sus rayos se desplegaban sobre el río, lo hacía brillar más que nunca. En un abrir y cerrar de ojos se había convertido en un hermoso oasis, lleno de brillo, vida y fantasía. Siempre encontré fascinante como algo tan ordinario puede volverse tan precioso.
El viento golpeaba mi cara y hacía flotar mis cabellos. Mis labios cantaban una canción de amor y los pájaros volaban al ritmo del compás. Yo pensaba y pensaba y revolvía mis pensamientos a medio esconder en mi inconsciente mientras el filtro de mi cigarrillo se consumía por completo.
La ciudad estaba viva y llena de color. Era uno de esos días para sacar una foto y convertirla en una postal que cruce fronteras y provoquen una sonrisa hasta en el más desdichado. Y yo, era parte de ella esta vez.
Mi cuerpo y mi alma no dejaron escapar la oportunidad y se alimentaron de esa imagen colorinche y vivaz, todo mi ser se envolvió en calma y dejaron caer la amargura y la apatía en esa orilla, para que las olas, en su ir y venir, se las lleve y las devuelva convertidas en preciosas gemas y piedras de colores.
Me levanté y volví volando a casa, respirando olor a verde y pisando copos de nieve...

Todo cambia.

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